Hoy tengo ganas de sincerarme. Han pasado tantas cosas desde que usted y yo tuvimos una charla larga, la verdad hoy siento que la única persona que podría escucharme y entender un poco todas estas locuras que pasan por mi cabeza es usted. Es cierto, aún le temo, pero ya no como antes. Ese miedo visceral que me hacía pensar varias veces antes de levantarme en la madrugada a ir al baño se ha ido. Hoy puedo recorrer mi casa en su presencia, sin que se me acelere el corazón. Ya no le temo a usted debajo de las escaleras, o en las ventanas medio abiertas, ni dentro de los cajones o armarios que guardan la ropa. De hecho, creo que nunca le temí en los armarios, recuerdo esas tardes que pasábamos juntas dentro del closet de mi habitación. Ya no recuerdo de qué huía, sólo me recuerdo a mí rodeada de usted, tratando de escapar de la realidad supongo, como siempre tratando de escapar.
Ya no le temo a la forma en que inunda el anochecer en llano abierto. Recuerdo sí mi pánico, cuando usted entraba en la carpa, despacio, como queriendo no ser descubierta, y poco a poco lo llenaba todo, todo lo invadía. Siento todavía mis ojos abiertos mirando hacía la ventana que usted había engullido, tratando de ver una pequeña luz, una estrella, una luciérnaga que le robara a usted un poco de su espacio. Cuánto le temí en ese entonces, sobretodo cuando se vestía con esos ruidos irreconocibles, cuántas veces deseé que fuera siempre de día para no tener que verla nunca más.
Hoy su presencia física me reconforta, a veces siento que sólo a su lado se me aclaran las ideas. La verdad es que hoy le temo de otra forma. Hoy siento que poco a poco me invade a mí, ya no por fuera, sino por dentro. Se come mi alma poco a poco. Mi optimismo se lo traga, despacito, para que no me de cuenta. Se esconde allí adentro, calladita. Ya no se viste de sonidos, ahora se viste de silencio, de silencio absoluto que consume.
Para los demás usted está oculta, yo creo que a veces, la gente al verme no se imagina que usted está allá, atrincherada, esperando paciente. Sólo yo me doy cuenta, y le temo. A veces me sorprendo en la noche con la cabeza debajo de las sábanas, rogando para que usted no me conquiste. Muy quieta, tendida boca arriba, con los ojos cerrados pidiéndole a Abba que porfavor se la lleve, que no deje que me consuma. Que por favor venga alguien y me robe de sus brazos, alguien como todas las personas que se fueron y me dejaron a su merced. Alguien que me quite este sentimiento de abandono, de culpa, alguien que me redima.
Usted que todo lo sabe, tiene idea de por qué todavía siento que debo pedirle perdón a no sé quién no sé por qué? Usted tiene idea de por qué me siento tan culpable de nada? Estoy cansada señora Oscuridad, estoy cansada de esta lucha que tenemos usted y yo desde hace tanto tiempo. Por favor váyase de mí o sea rápida. Consúmame de una vez o déje que mis felicidades duren más de dos segundos. No quiero que mi vida se resuma en la frase de Hesse “…así había sido mi poquito de felicidad y de amor, como esta boca rígida: un poco de carmín sobre unos labios muertos.” Llévese el carmín o llévese los labios, pero le ruego que se decida pronto.
Sinceramente suya,
Yo.

Patricia Racette
Mi recomendado de hoy: Patricia Racette Soprano/New Hampshire Dyke. Una de las pocas mujeres abiertamente homosexuales en el campo de la ópera. Tal vez su papel más conocido y más aclamado ha sido el de Madama Butterfly de Puccini. Me despido con “Un bello día veremos levantarse un hilo de humo en el extremo confín del mar“…Un bel di vedremo…
Cuando era niño le temía a aquella lobreguez que emerge del cielo como un demonio con millones de cabezas. Ahora que se supone soy adulto me sobrecoge la muerte que se embosca en las esquinas esperando un descuido para engullir el castillo de mentiras que he edificado durante veintinueve años…
¡Felicitaciones: cada día escribes mejor!
Un abrazo desde la fría Bogotá
Gracias Diego, estos comentarios significan mucho. Un abrazo.